LOS SUEÑOS CUMPLIDOS DE MANUEL BAQUERIZO
Entrevista de Tulio Mora
Introducción
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Las malas noticias no vienen solas. Al salir de la casa de Manuel Baquerizo, en Huancayo, después que me concediera esta entrevista, la mañana del 11 de setiembre del 2001, dos gigantescos Boeings se incrustaban en las Torres Gemelas de Nueva York maniobrados por comandos suicidas de Al Qaeda. El macizo y erguido orgullo de los norteamericanos, allá en Manhattan, en la ribera exclusiva y excluyente de la historia, era ahora humareda y cuajos de cemento sepultando a más de 3 mil personas. El horror en vivo y en directo era recogido en los televisores de la calle Real de Huancayo suspendiendo el caminar siempre apresurado y anárquico de mis paisanos, para instalarlos, a miles de kilómetros de distancia, en la babélica audiencia de la globalización, pasmados hasta el aturdimiento con el golpe seco de las máquinas aéreas. Cómo no pensar en ese momento, y después de visitar a Baquerizo, gravemente enfermo, en la “Oda al Jet”, de aliento whitmaniano, escrita en vigoroso quechua por José María Arguedas, aunque nada del hermoso pájaro que él aludía ni de los seres humanos cobijados en el etéreo útero de acero, bajo la advocación de los dioses andinos, era lo que pasaban las imágenes de la TV.
Manuel debió también enterarse de la noticia desde su cama, a la que fue a reposar agotado de rebuscar en su memoria los datos que le solicité, con la poca sonrisa que su mal le permitía, pero con la misma lucidez que siempre mostró en sus amables conversaciones de otros tiempos. Me había pedido que la entrevista fuese muy temprano por el agotamiento que lo abatía y porque además ese mismo día debía viajar a Lima a internarse en el hospital Rebagliatti.
Dos días antes Zein Zorrilla me había comunicado la situación de Baquerizo y temiendo lo peor lo primero que hice fue discar el teléfono de José Watanabe, entonces gerente de televisión del canal 7, sugiriéndole que le hiciéramos una entrevista para el programa Retratos. Ni siquiera necesité convencerlo porque él también lo admiraba y además un equipo de producción del canal, dirigido por Soledad Mujica, se encontraba en el valle del Mantaro. Así que partí la noche del 10 con una ruma de casetes de audio y video, algunos artículos de Manuel reproducidos en la última de sus revistas, Ciudad Letrada, y como en los tiempos de mi adolescencia me hice a una carretera dolorosamente oscura y fría, como todas las carreteras que uno ha trajinado hasta la traición, tratando de recordar cuándo exactamente conocí a Manuel.
No voy ahora a rememorar esos momentos ya que el propósito de esta introducción es dar a conocer al lector el testimonio de un hombre que, como pocos, creyó y nos hizo creer que la cultura era la llave secreta para conjurar nuestras postergaciones y, profeta en el desierto, remó contra la corriente, la pobreza, la indiferencia y otras pellejerías para convencernos de ese despropósito. Al menos con algunas personas, entre las que me agrego, lo logró y eso me parece que justifica sobradamente su vida.
2
En “Un mundo dividido”, Miguel Gutiérrez recuerda a algunos escritores provincianos del 50 que, a contracorriente del sentido común, retornaron a sus lugares de origen después de estudiar en Lima. Con otra ciudadanía esto no tendría nada de extraño, de algún modo es lo que vendría a cerrar un círculo de lealtades y nostalgias. Hay parias en todo el mundo, es verdad, sin deudas y con una sola nostalgia, pero resulta que en el Perú todos los escritores son parias. O casi. La excepción es lo que celebra Miguel Gutiérrez evocando a Manuel Baquerizo, incluyéndolo en una reducida lista de intransigentes que se negaron al desraizamiento.
Escuché muchas veces a Washington Delgado elogiar la información tan actualizada de Baquerizo y a Oswaldo Reynoso calificarlo como el mejor crítico de los 50 sin haberse movido de Ayacucho y Huancayo en los últimos cuarenta años. Esto es fracturar la fatalidad. Antes lo habían hecho otros con desigual reconocimiento (Gamaliel Churata, por ejemplo). El centralismo que ahora está en boca de todos no otea más allá de una ansiosa distribución de cuotas de poder, vinculada a otras objetivas (y legítimas) razones sobre una deplorable asimetría en la producción económica y la atención de servicios públicos. Pero nadie habla del centralismo cultural que condenó muy tempranamente a los mal llamados indigenistas y hoy simplemente reinventa su amnesia frente a los nuevos escritores provincianos.
Cierto es que en la presente entrevista Baquerizo confiesa que viajar a Ayacucho, a comienzos de los 60, a asumir el cargo de director de Relaciones Públicas de la renovada universidad San Cristóbal de Huamanga, fue más una extravagancia juvenil que una convicción. Estaba convencido que retornaría en pocos meses a Lima a mantener su cargo como recencionista en El Dominical de El Comercio a intercambiar opiniones con jóvenes críticos de su tiempo, quienes de vez en cuando caían en casa de Raúl Porras Barrenechea a escucharlo, pero también a discrepar con él; a asistir a conferencias, recitales, conciertos y espectáculos teatrales. En el momento que tomó la decisión crucial Baquerizo aún se reconocía como un hombre cosmopolita, un intelectual urbano, que estaba postergando su procedencia de origen, como todos los jóvenes intelectuales provincianos de aquellos años, para ceder paso a lo que finalmente creía que sería su destino. Pero su vida fue más que los primeros sueños cumplidos: fue el asombroso retorno a un origen perturbado y perturbador.
Se ha escrito mucho sobre la universidad San Cristóbal de Huamanga durante los años 60. Alimentó la pasión reflexiva y también la intolerancia que dos décadas después escombró el país, sin que una fuese causa de la otra. Y Baquerizo, que coincidía con numerosos intelectuales de primer orden en que la formación cultural es básica para crear ciudadanía, convirtió a Ayacucho -que a fines de los 60 ni siquiera tenía luz eléctrica- en el centro cultural provinciano más activo del país, con presentaciones de grupos teatrales, conciertos, danzas, festivales de poesía, congresos de literatura, publicaciones. La lista de sus admirables y creativas actividades es muy larga.
Luego se marchó a Huancayo a proseguir una tarea que nadie le encomendó. Y logró lo que nadie había hecho en esa ciudad fenicia, como la calificábamos, donde la cultura no es moneda corriente. Y gracias a él muchos de los jóvenes escritores, científicos sociales y artistas de muchas maneras emergieron a la preocupación de que arte y cultura no se venden pero instalan en el alma el dulce desencanto de la creación y la duda. De esto trata la larga entrevista que me concediera aquel fatídico 11 de setiembre: de sus traslados geográficos, que implicaron cambios radicales en su prospección del imaginario nacional, de sus certidumbres que a pesar de la historia siempre imprevisible se mantuvieron, de la fascinada construcción de un proyecto cultural propio, inconcluso y con seguridad monumental, en la medida que desconocemos cuál ha sido el destino de sus investigaciones desperdigadas en numerosas revistas.
Otros más autorizados que yo escribirán sobre ese destino del infatigable doctor Baquerizo, del amigo y hermano mayor que siempre se entusiasmaba con los proyectos de los demás, como si fueran suyos, sin un pelo de mezquindad. Ya habrá tiempo para eso. Hoy sólo quiero entregar al lector que convoca este nuevo encuentro de escritores regionales el rápido balance de una memoria anclada en una obstinación que nosotros, de alguna manera, estamos reescribiendo, más allá del olvido y las generalizaciones, más allá del fanatismo de la globalización y del excluyente libre mercado, modas perversas que aspiran a imprimir en nosotros la renunciación y el silencio; más allá, finalmente, de la intolerancia que quiere legitimarse en el mundo en este tiempo monstruoso de guerras y estigmatizaciones. Baquerizo, que sufrió la etapa más oscura del siglo XX de nuestro país (la que sobrevino entre los años 32 y 55), supo cruzar el páramo con una actitud envidiable. Es lo que debemos, me parece, extraer como mensaje de su confesión de parte: “Creía que la cultura popular debía ser la base para la transformación del Perú y eso lo adquirí bien claro en Ayacucho: cualquier cambio tenía que ser sobre la base de la cultura andina, sin negar las influencias occidentales, pero el siguiente tenía que ser andino”. Y entonces su trayectoria, al igual que la de José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas y Gamaliel Churata, para citar a nuestros más altos ejemplos, es excepcional porque no sólo logra sobrevivir a las frustraciones históricas y sociales, sino que les da sentido transformándolas en una opción de futuro.
Un dato final que quizá valga la pena revelar porque explica el maltrato a nuestros más valiosos intelectuales que caracteriza la llamada “cultura peruana”: el proyectado documental sobre Baquerizo nunca salió. Quienes salimos –y a la mala-, de IRTP, fuimos Watanabe, Mujica y yo e ignoro si los casetes de video filmados con tanto esmero aún se mantienen. Para suerte yo había llevado también unos casetes de audio que son los que reproduje luego de la muerte de Manuel para publicar su testimonio en alguna revista, algo que, aunque parezca increíble y pese a mis insistentes gestiones, hasta ahora no pude lograr.
Tulio Mora
Lima, agosto de 2006
I. LOS AÑOS FORMATIVOS EN LIMA
En un medio tan comercial como Huancayo ¿cómo terminaste dedicándote a la literatura?
Es una afición que me venía desde el colegio y la afirmé cuando fui a Lima a principios de los 50, en un momento de gran efervescencia literaria. Allí conocí a quien después sería mi gran amigo, Wáshington Delgado, a Romualdo, Sologuren, a otras personas alrededor de la revista Letras Peruanas. Sentí una gran afición por las publicaciones, por estar al día con los libros y tuve mi primera experiencia de sacar una revista propia, la Gaceta de Lima, el 59 o 60. La sacaba otro amigo con un nombre diferente, Daimon, creo que se llamaba; cuando me invitó a participar le dije “hay que cambiarle de nombre, darle otro giro, hacer reportajes”. Hicimos sonados reportajes a Ciro Alegría, a Arguedas. Me quedó pues ese gusto por las publicaciones. Estuve un tiempo también en El Comercio haciendo reseñas literarias con el seudónimo de Efraín Barquero, y después se lo pasé a José Miguel Oviedo.
¿Por qué esa necesidad de trasladarse y más aún estudiar en una universidad como la Católica cuando los provincianos iban más bien a San Marcos?
Yo en primer lugar tenía fascinación por la capital, como todo provinciano; mi meta era ir a estudiar Literatura pero mi padre quería que estudiara Derecho y me mandó tres meses antes de los exámenes, en diciembre. No estudié, me pasé la gran vida comprando libros. Recuerdo que fui a la librería Internacional, que estaba en el jirón La Unión, y me compré “Perú, problema y posibilidad”, “La multitud de la ciudad al campo”, de Basadre, los “Siete ensayos”, de Mariátegui, en fin, los libros clásicos, y me dediqué a leerlos en vez de prepararme en la academia; no había muchas entonces. En eso llega la fecha para los exámenes, yo no había revisado para nada el cuestionario. En ese tiempo los exámenes eran orales, con un jurado de siete profesores y a las preguntas que me hicieron yo respondí citando a Basadre, a Mariátegui. Se quedaron sorprendidos porque no era lo común, yo tenía la lectura fresca, sobre todo de libros como los citados de Basadre que se conocían poco, no los de historia. Ingresé al examen con Javier Valle Riestra, recuerdo, mientras otros temblaban, se ponían nerviosos. Salí airoso y de frente me matriculé en Letras, pero mi padre siempre insistía y después de dos años pasé a Derecho, atendiendo más a Literatura, Historia, Economía. Terminé Derecho, un poco de mala gana, nunca hice prácticas, no sé cómo saqué mi tesis y me gradué.
¿Cuál fue el tema de tu tesis?
Fue sobre derechos de autor
O sea siempre vinculado a la literatura.
Así es porque era lo que más me interesaba. Mientras terminaba mis estudios me puse a escribir en El Comercio, en Cultura Peruana.
¿Quiénes eran tus amigos en la Católica?
Wáshington Delgado, él iba poco a clases, se aburría, decía que prefería quedarse en su casa leyendo; después Pablo Guevara, pero en los años siguientes me seguían José Miguel Oviedo, Enrique Carrión, Abelardo Oquendo. Con él participamos en el Instituto Riva Agüero, porque aparte de las clases regulares en el instituto estudiábamos de manera opcional, a invitación de Luis Jaime Cisneros. Había tres seminarios: de Literatura y Lingüística, de Historia y de Filosofía. Yo fui al primero. Luis Jaime nos recibía, decía tomen asiento, ahí tienen de todo, agarren un libro, pónganse a leer, revisen los diccionarios, eso duraba dos horas; algunos creían que era una cosa más amena, luego él decía para fin de semana se leen el libro, me traen en resumen y un análisis. Muchos de los inscritos se retiraron, como era opcional creían que con eso podían aprobar. Al final sólo quedamos tres o cuatro: Abelardo Oquendo, Mariela Gibratti, hija de un embajador italiano, Armando Zubizarreta, alguno más. Y seguimos con ese tren de trabajo: lean un libro y traigan un resumen. Después Luis Jaime lo revisaba y decía: está mal, lean en esta revista una reseña del mismo libro, una comparada; uno se daba cuenta que no había captado las cosas esenciales del libro. Me sirvió muchísimo.
Por eso te dedicaste al análisis y no a la creación.
Creación no, porque no tengo condiciones, me dediqué más a la lectura y los comentarios. Era un vicio que me entretenía, me llenaba el espíritu y me lo estimularon porque teníamos muchas reuniones. También estaban en años superiores Julio Ramón Ribeyro, en segundo de Derecho, con Alberto Escobar; ambos estudiaban Letras en San Marcos. Al mes nomás empezamos las reuniones en la Plaza Francia y después en el Palermo. Así hice más amigos en San Marcos que en la Católica; allí estaban todos: (Paco) Bendezú, (Eduardo) Zavaleta; (Mario) Vargas Llosa no, entró después, era más joven. Como recuerda en sus memorias (“El pez en el agua”), él apareció en una reunión en Letras Peruanas; estaban Delgado, Zavaleta, Escobar, entre otros, y él llega acompañado del historiador Carlos Araníbar, que conocía a todo el mundo. Yo no le di importancia, era lógico, aún era un muchacho desconocido, y en algún momento Araníbar lo presentó como un narrador pidiéndonos que lo escucháramos. Mario leyó un cuento, nadie lo comentó, como él lo cuenta en sus memorias. Escobar hizo algunas observaciones muy puntuales. Con Mario no eran las reuniones, él se reunía más bien con Oquendo y Oviedo, en un grupo aparte en Miraflores.
Con Luis Loayza, ¿no es cierto?, él y los demás formaban el grupo conocido como los “Sartrecillos valientes”.
Sí, no se juntaban con los de San Marcos, Oquendo recalaba a veces, pero no Vargas Llosa, no era de reuniones, de bohemia, los otros sí, como Pablo Macera.
II. RAÚL PORRAS BARRENECHEA Y EL CACIQUE DEL MANTARO
Una cosa que has mencionado poco es tu relación con Porras Barrenechea.
Nunca me hubiera gustado revelar cosas pero ya sé que otros las han dicho en Lima. En el Instituto Riva Agüero, cada fin de mes se reunían los tres seminarios, hasta ahora es así, según me dicen, y Luis Jaime Cisneros, que siempre me tuvo mucha estimación hasta hoy, y yo a él, me encarga comentar el libro de Porras sobre Garcilaso en Montilla. Acababa de salir, era un volumen grueso, sumamente documentado, en el que Porras hacía el descubrimiento de diez años de la vida de Garcilaso en Montilla, que era totalmente desconocido, durante los cuales se dedicó al comercio de caballos, a otras tareas de este tipo. Era mi primer comentario con la asistencia de todos los profesores y alumnos en una gran sala del instituto. Para mi exposición, ya se me había metido esa manía, busqué elementos de referencia y comparación: Aurelio Miró Quesada tiene un libro sobre Garcilaso, Daniel Valcárcel, estaba la crónica novelada de L.A.Sánchez, y otros más; en algunos de ellos, sobre todo en el de Valcárcel, se exaltaba el indigenismo de Garcilaso, mientras que Porras sostenía que era un hombre dual: cuando estaba en España se sentía atraído por su tierra y acá añoraba la cultura europea, lo presentaba como un hombre de doble curiosidad. Bueno, lo primero que vi, cuando ya estaba en la sala, fue que Porras ingresó y se puso frente a mí; a su lado estaban Agustín de la Puente, Luis Jaime y los que eran alumnos entonces: Pablo Macera, Antonio del Busto, Enrique Carrión. En ese tiempo yo tenía una audacia, después la perdí, porque empecé a exponer mencionando que el libro era interesante, sumamente novedoso, trae mucha información, pero la interpretación sobre Garcilaso ... qué tal audacia. Yo veía que Porras se ponía rojo, pero seguí exponiendo, terminé en veinte minutos. Entonces él pidió la palabra, dijo cómo era posible que un trabajo que le había costado más de 40 años, investigaciones en España, pasara así nomás por alto con opiniones ligeras. Quise interrumpirlo, qué tal audacia, y me dijo, “no me interrumpa, yo no lo hice cuando usted expuso”. A mi lado estaban César Pacheco Vélez y Pablo Macera, ambos me jaloneaban pidiéndome que me callara. Porras terminó, yo ya no pedí la palabra y me fui. Al día siguiente Luis Jaime Cisneros en clase me llamó y me dijo que Porras me ofrecía disculpas porque ese día estaba de muy mal humor y me invitaba a su casa en la calle Colina en Miraflores. No fui, era un poco rebelde. A los pocos días, cerca del club Nacional, en Belén, nos encontramos cara a cara, yo quería cruzar la acera, por esa rebeldía un poco provinciana, pero no pude. Entonces me saludó: “cómo está -me dijo-, vaya usted por la casa”. Justo yo tenía un trabajo que me había dado Puccinelli para fichar novelas mencionándome que Porras tenía una buena biblioteca. Con ese motivo fui. Nos hicimos grandes amigos, él hacía bromas, se burlaba de mí, él y Macera me llamaban el “Cacique del Mantaro”, me halagaba porque se trataba de Porras. En su casa era lo más sencillo, ya asistían Macera, Araníbar, Alvarez Brun, y después fueron Neira, Vargas Llosa, cuando yo dejé de ir. Era una buena persona, sencillísimo, me permitía sacar todos los libros que deseaba.
Sabía de ese apelativo y aunque tiene un contexto afectivo y se trata de Porras no puedo dejar de asociarlo a cierto estereotipo limeño sobre los provincianos, ¿cuál era tu percepción?
No me aminalé cuando fui a Lima, en la misma Católica había otros provincianos en Derecho que se automarginaban, no se atrevían a entrar. Pero yo discutía mucho, especialmente con Valle Riestra sobre González Prada. Yo había leído más que él aunque él se consideraba un gonzalezpradista y alternaba con los Prado, con otros apellidos ligados al poder. Me fue fácil entrar en el círculo, nunca me automarginé. Leer es una ventaja enorme, uno se mueve mucho.
III. AYACUCHO: UNA PRUEBA DE FE
Habiendo logrado una posición en Lima, ¿cómo decides marcharte a Ayacucho?
Me costó mucho. ¿Quién va a Ayacucho?, es una tierra perdida, me dije, yo ya no quería salir de Lima. ¿Qué voy a hacer en provincias?, me preguntaba, no hay cultura, exposiciones, teatro, conciertos. Yo iba a todas las conferencias, no me perdía nada. ¿Dejar eso?
Habría una poderosa razón económica.
No ganaba mucho: 100 soles en Cultura Peruana, 150 en El Comercio, era una miseria que apenas me alcanzaba. La remuneración que me ofrecieron era muy tentadora: 10 mil soles, cuando en San Marcos ganaban 800 soles, Porras ganaba mil soles. Pero tampoco fue eso. Quien influyó mucho fue Arguedas. Él era el consultor de la nueva administración de la universidad de Huamanga, con Efraín Morote, Fernando Silva Santisteban. Ellos me fueron a buscar tres veces. Al final, Lumbreras también lo recuerda, encontraron un argumento: vas a Ayacucho quince días y dictas conferencias. Acepté. Efectivamente, cuando llegué a Huamanga di una conferencia y al día siguiente la esposa de Lumbreras, Isabel Flores, arquéologa, la que arregló la huaca Pucllana, me invita a una fiesta hermosísima con vísperas, serenatas y guitarras; a los tres días otra fiesta, me comenzó a agradar. Todavía pensaba en regresar en Lima pero me mostraron todas las cosas que podía hacer: música, teatro, mimo, había la posibilidad de hacer un programa de radio, tener una imprenta, todo lo que quisiera, según me dijeron. Regresé a Lima, le hablé a Hernando Cortés que acababa de regresar de Alemania, lo animé; no sé cómo busqué a Ulrika Solari, también se animó. Al mes los tres estábamos en Huamanga. Cortés comenzó inmediatamente a organizar un grupo de teatro, formó muy buenos actores, Ulrika formó una pequeña orquesta de cámara, un coro con los alumnos, se empezó a hacer mimo, radio, se sacó la revista. Me encantó, como director de Extensión Cultural comencé a invitar a todos los amigos poetas, serían 150, entre ellos Nicanor Parra que fue por un día y se quedó diez. Hice comprar un piano de Alemania de media cola, costaba esa vez 80 mil soles, y traer colecciones de discos desde Nueva York: música folklórica de todo el mundo. Qué habrá pasado con esa colección. Creo haber tenido la suerte de que me pongan todo en las manos, hice todo lo que quise, entregando más horas de las que estaba obligado, pero era mi felicidad. Así me fue ganando Huamanga. Después de cinco años ya no pensé en volver nunca a Lima, a la que viajaba sólo a comprar libros, a ver asuntos administrativos. Para mí fue muy difícil salir de Lima, tal vez lo decisivo no fue lo económico sino el hecho de llegar y encontrar gente amable, respetuosa: qué calor humano en esas reuniones familiares, bastaron dos para decidirme.
¿Ya estaba Abimael Guzmán?
El entró un año después que yo. Cuando llegué no había nada, la universidad y la ciudad eran muy conventuales, tradicionales, conservadoras. Las chicas no salían después de las cinco de la tarde, había un solo cine, era frecuente el corte de luz, no había lugares de diversión. No había ni bares. A las nueve de la noche Huamanga era un desierto. Lo digo porque la primera noche me desencanté, me había ido por tierra, me alojé en el hotel de turistas, después de comer salí por el parque y no encontré ni un cafetín. Ah no, me dije, esto es la muerte. Pero cambié por las reuniones familiares. Si no hubiera sido por eso yo me regresaba al día siguiente. En Lima estaba acostumbrado a la tertulia. Estoy hablando del año 62. En Huamanga no había más que dos autos, pero al año con la plata que ganaban todos los profesores se habían comprado autos. Ese primer año recuerdo que di una conferencia sobre la mujer que causó escándalo. La presidenta de la asociación católica, el cura dijeron después que estaba soliviantando; se enteraban rápidamente, como era una ciudad chiquita; y lo único que yo había hecho era decir que a lo largo de la historia la mujer siempre ha sido subestimada y analicé el código, porque eso sí recordaba de Derecho, y demostré que la mujer no puede citar domicilio, no tiene la patria potestad completa, el que maneja el patrimonio es el marido. A los pocos meses empezaron a llegar los poetas, había conferencias continuamente; comenzó el teatro con puestas en escena de Brecht; dos años después llevé al Ballet Nacional, con lo mejor que tenía, a la Orquesta Sinfónica Nacional. Por eso es que Antonio Cisneros, que siempre es un burlón, un humorista que nunca toma nada en serio, en una crónica dijo que había ido a Huamanga a enseñar pero resultó aprendiendo más de lo que había estudiado en la universidad, porque había conferencias, música de todos los compositores de entonces. El estaba más al día que en Lima. Huamanga era la capital de la cultura del Perú. Lo dijo con toda seriedad. Así era pues. Yo no me extrañaba, todos los días había algo.
Organizaste también un cine club.
Solicité películas de la colección de la Cinemateca, películas antiguas, y pedimos a las embajadas películas un poco didácticas, entre ellas documentales muy buenos. Dos veces a la semana había cine. De tal modo que todos los días de la semana había actividades culturales.
IV. LAS TRIBULACIONES DEL BUEN ARTE
Para esta experiencia inusual en una provincia debiste tener el apoyo total de las autoridades de la universidad.
Primero, la gente que dirigía tenía sensibilidad, me dio libertad ... bueno, hasta cierto punto. Cuando llegó Hernando Cortés quisimos hacer recitales como en Lima, en la casa de Mariátegui, “La poesía en debate”. Empezamos con la generación del 50, después la gente joven, Javier Heraud, Corcuera, Calvo. Hicimos recitales semanales denominados “La nueva poesía mundial”, con Maiakovsky, Brecht, Eluard, Hernández, Hickmet, Neruda, Vallejo ... eran diez. En Ayacucho, Cortés compartía el recitado con Delfina Paredes y yo hacía un breve comentario sobre al autor y los poemas que iban a leerse. Empezamos con Maiakovsky, fue todo un escándalo porque Cortés leyó el poema sobre Lenin; el siguiente, sobre Brecht, traducido por Cortés, produjo otro escándalo. Entonces el rector nos pidió que variáramos, se dio cuenta que todos los autores eran de izquierda y nos pidió que pusiéramos a San Juan de la Cruz. Le aclaré que estábamos presentando a autores del siglo XX, pero él replicó “habrá alguno que no sea de izquierda”. Claro, yo podía poner a Eliot, a Pound.
¿Por qué no lo hiciste?
Porque era la tendencia de Cortés que regresaba de haber participado en el Berlín Ensamble y yo también tenía inclinación por la literatura social, me atraía más que Eliot. Entonces se puso fuerte el rector y lo suspendió. Comenzaron a protestar los alumnos. El rector tuvo que ceder, a la semana siguiente pusimos a Eluard, más suave, más hermético, más tierno, ya no produjo tanto escándalo. Terminamos con Vallejo, quedó muy bien. Hasta ese momento había una libertad plena para discutir. También invité a un pacifista, a un gandhiano, Lanza del Basto, un francés discípulo de Grimova, a su vez discípulo de Gandhi. Era un pacifista que proclamaba las comunidades antiguas, primitivas, de autoservicio, y tenía varios libros, uno de ellos “Peregrinación a las fuentes”. Lo hice en coordinación con Oviedo que estaba en la dirección de Extensión Cultural de la UNI. Lanza del Basto viajó a Ayacucho con su esposa, Chantarell, que cantaba música gregoriana del siglo XI, una cosa muy linda. Entonces Del Basto dio su conferencia hablando contra la modernidad y la técnica, predicando volver a las sociedades primitivas. Yo le pregunté: “usted ha venido de Europa en avión, se desplaza en taxi, ¿cómo podemos prescindir de la modernidad?” El respondió que hasta donde era indispensable tenía que hacerlo, pero prefería caminar. Vestía con hábito y sandalias, proclamaba la idea de la no violencia. En aquella época no había tanta violencia, se debatían las ideas. Así fue hasta el 65 cuando comenzaron los movimientos estudiantiles. Yo aún llevé mucha gente totalmente contradictoria: Gustavo Valcárcel tenía una línea, Romualdo, otra, muy radical. Yo estuve hasta el 68. Ese año comenzó la militancia, no había grupos entonces, pero los movimientos eran cada vez más exigentes. Aun así invité a Sologuren, a Belli. Al año que salí nomás me enteré que se habían formado grupos de intransigentes que no permitían conferencias libres ni debates.
Visto en retrospectiva y después de lo que ocurrió, para las fuerzas más conservadoras tú podrías haber sido el iniciador, desde el lado cultural, de la violencia que ahogó el país y cuyo origen estuvo en la universidad de Huamanga.
Mucha gente lo dice, sin querer hemos preparado el camino porque se abrió bastante el horizonte con ideas filosóficas, literarias, artísticas. Gente que vivía en Ayacucho encerrada, aislada, comenzó a enterarse de las nuevas ideas del mundo, sobre la historia, que la literatura era una cosa amplia, sobre la liberación de la mujer. Abrimos mucho el espíritu desde un punto de vista intelectual, pero eso sirvió para que después venga la idea política.
¿Sentiste que ese proyecto se había agotado cuando decides marcharte a Huancayo?
Cuando ya noté las intransigencias se me presentó, sin querer también, una oferta del Cusco. El rector me dijo que había una buena radio, que quería sacar una revista. En eso, un día que viajé a Lima, me encuentro con un amigo de Huancayo que estaba en el equipo reorganizador de la universidad del Centro. Quería hablar con Santiago Agurto, yo lo puse en contacto, a los cuatro o cinco meses declararon la reorganización. Como habían visto mi trabajo en Huamanga me invitaron. Todavía me negué, además tenía un trabajo en el Banco Industrial para hacer tres exposiciones de artesanía que se presentaron en el hotel de Turistas; insistieron y yo pedí licencia por tres meses para asesorarlos. El presidente de la comisión reorganizadora era Luis Felipe Alarco. Yo conocía a sus hermanos, especialmente a Rosa Alarco; él me aseguró que me iban a ofrecer el doble de lo que me pagaban en Huamanga. Así acepté. Al poco tiempo Alarco me dijo usted se queda. Convoqué una asamblea para que los mismos profesores propusieran. En la votación salí en segundo lugar, aunque yo no era profesor principal. Estuve con la comisión de gobierno dos años, llevé todo lo que quise, como en Huamanga, pero ya no funcionó: las segundas veces no salen como la primera. No había mucha recepción aquí en Huancayo.
V. LA SOLEDAD HUANCAÍNA
Volvemos donde comenzamos: ¿por qué en Huancayo no hay interés por la cultura?
Aún no lo sé, en Huamanga se llenaban los auditorios, incluso por la música electrónica, en cambio acá, aunque algunas veces logramos llenarlos no había tanto interés, y eso que estaban conmigo Elena Portacarrero, el cineasta Sánchez Pauli, Ulrika Solari. Lo único que pude mantener fue la revista. A los dos años se fueron.
Fueron varias publicaciones, en realidad.
La primera se llamó Proceso, la hacíamos en Lima porque no había una buena imprenta; el diseñador era Jesús Ruiz Durán. Luego seguí con Anales Científicos, una recopilación de los trabajos de la universidad, Perspectiva Económica. Estos últimos tiempos estuve haciendo un recuento, creo que son como quince revistas las que publiqué, empecé con Caballo de Fuego, Mundo Andino, Kamak Maqui, la última, Ciudad Letrada.
Ya instalado en Huancayo te interesas por la cultura popular.
De Ayacucho traje muchas experiencias y aficiones, por ejemplo, la artesanía, cuando entré al Banco Industrial. Eso me dio oportunidad para visitar a toditos los artesanos, en Carmen Alto, Quinua, de todos los distritos, a ver a los tejedores, ceramistas, plateros, retablistas y los reunía, hacía exposiciones con ellos, cosa que nunca habían hecho. Y a mí me encantaron sus trabajos sobre todo en piedra de Huamanga. Cuando vine acá, lo primero que me interesó fueron los artesanos, pero no fue tan fácil, comencé con los mates burilados, pero no hubo mucha continuidad.
¿Cuál era tu interés por la cultura andina?
Por todo lo que había visto en Ayacucho en su arte popular, su música, los bailes. Aprendí el quechua porque hasta las familias de alta sociedad, a la mitad de la fiesta lo hablaban. Yo llegué a Huancayo nutrido con ese aprecio porque en Lima no le daba importancia, estaba más movido por la cultura occidental. Ayacucho me imbuyó de este amor por la cultura andina.
Había también un propósito ideológico.
Comencé a ligarlo con los estudios de historia porque en Ayacucho estuvieron Tom Zuidema, Nathan Wachtel. Ellos ponían énfasis en la cultura andina y comencé a sentir su importancia no como un patrimonio arqueológico, sino viviente que estaba en toda su vigencia, en su música, en sus creencias, en su literatura oral. Era una cultura viva, rica. Me sirvió muchísimo porque cuando vine acá me preocupé por organizar conferencias sobre diversos aspectos de esta materia.
Considerabas que la cultura andina era una operadora de la transformación social.
Creía que la cultura popular debía ser la base para la transformación del Perú y eso lo adquirí bien claro en Ayacucho: cualquier cambio tenía que ser sobre la base de la cultura andina, sin negar las influencias occidentales, pero el siguiente tenía que ser andino y acá lo seguí sosteniendo. Ya la cultura andina también se está disolviendo, está siendo penetrada por todo lo moderno, sin perder todavía su identidad pero está sufriendo cambios fuertes. En estos últimos diez años los cambios son tremendos.
VI. LA CULTURA ANDINA: ENTRE LA UTOPÍA Y LA DISOLUCIÓN
¿Crees que el proceso de migración ha sido uno de los factores?
En primer lugar la cultura andina se ha extendido por el Perú, ha invadido Lima y toda la costa. Se ha cumplido la profecía de Arguedas: no hay un lugar en el Perú donde no esté lo andino y por otro lado la modernidad ha penetrado en la sierra. Entonces hay un juego permanente. Es un poco absurdo sostener una cultura andina pura, lo auténtico, lo ancestral. ¿Qué es lo ancestral? Estoy publicando unos artículos de Raúl Romero, el mejor etnomusicólogo que tenemos, y conversando con él me dice que gran parte de la música peruana es europea, pero que se ha compenetrado, se ha asimilado totalmente.
¿Acaso no ha sido así la cultura andina después de la conquista?
Así es, por lo menos en el valle del Mantaro había esta constante interrelación, no es de ahora. Por eso Arguedas tuvo el gran acierto -no fue el primero, es verdad-, de decir que aquí se podía generar el cambio. Podían cambiar de instrumentos, de vestimenta, pero no perdían totalmente su identidad, no se descastaban.
La utopía de Arguedas era que los provincianos llegaran a Lima para construir una nueva ciudad tan limpia como los nevados, pero eso no ocurrió.
Pero también dijo que se la podía reconquistar, que en Lima íbamos a volver a ser. Ese poema (“Al padre creador Túpac Amaru”) es del 58 y se ha cumplido con las migraciones. Lima tiene más del 70% de andinos y es la segunda ciudad de quechuahablantes.
Sobre el futuro de la cultura andina hubo dos tendencias: una decía que iba a desaparecer, al menos eso era lo que sostenía Roberto Miró Quesada; después he leído a Juan Ossio y Luis Millones, quienes, curiosamente, desde una ideología conservadora sostienen lo contrario: nos hemos equivocado porque la cultura andina es cambio permanente, adaptación a los nuevos desafíos. Entonces lo que estamos viendo es una transformación del mundo andino en otro producto pero cuyo resultado seguirá siendo andino. Lima se ha invadido de fiestas andinas y al mismo tiempo esos músicos hacen rock, chicha, salsa; por otro lado la población migrante se beneficia de la tecnología, de Internet.
Las dos posiciones han sido descartadas. El deseo de Arguedas era que se conserve todo pero era suficientemente inteligente para darse cuenta, con la experiencia de Huancayo, que podían producirse cambios sin afectar el espíritu, la identidad. Y eso lo prueba en dos trabajos: qué importa que cambien sus antiguos instrumentos por el saxo, el clarinete, ahora muchos creen que son lo más típico de la región. Es la posición que Vargas Llosa no ha captado, no ha leído los trabajos de Arguedas, lo sigue considerando como un conservador, primitivo, congelado, alguien que quiere que todo siga igual. No fue así. La otra posición hablaba de una rápida desaparición de la cultura andina, se usó el término descampesinización, que ya no tenía sentido hablar del mundo andino. Lo que está ocurriendo es esta transformación y va a durar mucho tiempo.
Tú incluso has llegado a afirmar que la identidad todavía está en construcción.
Ya no hay identidad.
¿Por qué?
Porque ya dentro del mundo andino han penetrado otros patrones culturales y un campesino que migra acá a Huancayo, al año ya se está moviendo entre varios mundos y a veces no tiene su propia axiología para actuar en su conducta diaria. En cambio en el campo tiene sus normas claras. Igual ocurre en Lima. Viene acá y está movido por diversas fuerzas o corrientes y eso hace que el mestizo sea bastante contradictorio, no tiene un valor, una axiología orgánica: lo que predomina es el individualismo, el exitismo.
Pero lo que está en el fondo es que nuestra cultura siempre se alimenta sin perder una cierta esencia.
Va a seguir alimentándose pero no va a integrarse fácilmente, por eso esas manifestaciones híbridas como la chicha. No faltó un sociólogo que dijo es la mejor expresión del mestizaje y ya pasó casi la moda, ahora está el rock, después vendrán otras expresiones. Por eso un mejor término que aculturación es esta de García Canclini, “híbrido”, que significa que no hay integración sino superposición.
¿Sabías que el padre del concepto “híbrido” fue Gamaliel Churata? En el prólogo a “El Pez de oro” dice que debemos hacer una literatura híbrida como Huamán Poma.
El lo tomaba en el sentido de unir, de integrar, pero García Canclini lo usa en el sentido de falta de integración. Eso justificaría el término de Angel Rama, de aculturación, y el de (Antonio) Cornejo Polar, de heterogeneidad. “Híbrido” en el sentido de no integrarse por mucho tiempo en todas las manifestaciones, música, arquitectura: no hay una norma clara como una partida de bautizo.
Yo más bien creo que en cada impacto cultural que sufre la sociedad andina siempre va arrastrando su identidad. Levy Strauss dice que los mitos nunca dejan de ser mitos, no obstante que le van agregando elementos nuevos a su discurso, es decir mitifican la realidad, le aplican la lógica de su discurso mítico. Y eso sucede en otros planos: por ejemplo, en la fiesta de la Candelaria donde aparecen personajes como el Hombre Araña, el Oso Yogui, el Pato Donald, no se les ve mal porque forman parte de las comparsas. Tengo la sospecha que la cultura andina logra ingurgitar estas manifestaciones sin perder lo fundamental, una estructura que funciona como un eje.
Este fenómeno es más acelerado ahora por el impacto de los medios, es más violento, desequilibra y va a durar mucho tiempo. Pensar que vamos a tener una música mestiza, una literatura mestiza es un sueño. Es el sueño de Rivera Martínez, es un poco una alegoría, recrear un Perú armónico donde se reconcilien lo occidental y lo andino. Pasarán muchos años, pero antes tiene que haber choques, conflictos, contradicciones tremendas. Lo de Rivera Martínez es más utópico, más idealista, es una visión desde las familias antiguas de Jauja, pero él mismo reconoce que es un fenómeno intrínseco a Jauja y no reproducible a otras partes.
Pero tú te acordarás que esa realidad se daba en Huancayo y que en Cerro de Pasco había consulados.
Bueno, es verdad, Cerro de Pasco en el siglo XIX era una ciudad cosmopolita, iban orquestas vienesas; a Huancayo para 28 de julio también, eran fiestas totalmente europeas, mazurcas, ni siquiera se escuchaba música criolla. Hubo una época en que Huancayo fue una ciudad totalmente desandinizada, hasta la alimentación venía en conserva, licores, ropa, menaje, todo de EEUU, lo dicen varios viajeros. Ha habido mucho cosmopolitismo que coincide con la presencia europea en las minas y la construcción del tren.
VII. LAS VANGUARDIAS DE LA PROVINCIA
Parte de esa época coincide con el vanguardismo predicado en Huancayo por los hermanos Bolaños a quienes tú has estudiado.
La verdad es que el vanguardismo no me atraía mucho pero cuando comenzaron los estudios sobre esta tendencia yo encontré que tenía revistas que había guardado mi madre, entre ellas dos: Iniciación, del año 23, y Hélices, del mismo año. Estaban dirigidas por los hermanos Bolaños, uno de ellos tenía el seudónimo de Serafín Delmar, el otro Julián Petrovski y el mayor se quedó con su nombre, Federico Bolaños. Me enteré por algunos familiares que ellos vivían cerca de mi casa, en la calle Real, a una cuadra de acá; eran personas un poco extrañas porque andaban con su pañuelo rojo en el cuello, un poco exóticas. Después releí el libro de Guillermo de Torre, allí encontré referencias de que en los años 20 él recibía una revista de tamaño cuaderno, de pocas hojas. No menciona a Huancayo, pero hay otros hechos que después fui relacionando: Guillermo la Torre publicó un libro en 1921 cuyo título era Hélice, fue el primero en lanzar esta corriente con el nombre de Hélice, y aquí sale al año siguiente la revista con el mismo nombre; después, el 22, sale Proa en Buenos Aires, con Borges, y al año siguiente aquí sale la revista con el mismo nombre. Me enteré, por personas cercanas a los Bolaños, que solían mantener correspondencia con extranjeros. Entonces no sería extraño que hayan tenido contacto con Guillermo de Torre y Borges. Ya hay en estas revistas algunos anuncios de las nuevas ideas de la poesía joven. En un artículo del año 23 se hace un panorama de la nueva poesía peruana: colocan a González Prada, Eguren, Alberto Hidalgo, Oquendo de Amat y Vallejo: ya reconocían Trilce y los primeros poemas, o sea que estaban al día e interesados por las cosas últimas, modernas, aparte que sacaban a Huidobro, a dos bolivianos, un tal Cerruto, que fue después más conocido como novelista. Significa que tenían contactos.
En el libro sobre Gamaliel Churata, Pantigoso sostiene que el ultraorbicismo surge también por el contacto con Buenos Aires. No olvidemos además que esa correa de transmisión no es moderna porque Puno siempre ha sido una suerte de encrucijada entre Chile, Perú, Bolivia y Argentina. Los hijos de los terratenientes puneños no estudiaban en Lima, sino en Buenos Aires y aun en Europa, como el papá de Oquendo de Amat. Tenían otra visión.
Me enteré después que en Puno, Cusco, Arequipa recibían los periódicos y revistas de Buenos Aires antes que en Lima, demoraban más pues porque a Lima llegaban en barco. Entonces están muy relacionados con Buenos Aires y Santiago que en esa época eran ciudades muy modernas con una influencia muy europea. Se mencionaba hasta Sicuani, pero entre estos lugares del Perú está también Huancayo. Entonces yo he hecho estas interrelaciones. El hecho es que después los Bolaños se van a Lima, que no era vanguardista, donde sacan la revista Flechas. Serafín se va contra los limeños, los llama tradicionalistas. El 24 salen Trampolín. Hangar, Timonel, planteando de frente el ultraísmo, hay menciones a Borges. Delmar conoce muy bien a Joyce, hacía unas prosas sin mayúsculas, sin puntuación, como el Ulises, lo conoció aquí en Huancayo. Delmar promovió en forma un poco violenta, porque acusaba a los limeños de anticuados, decimonónicos, atrasados, provocadoramente, esta vez con Magda Portal. Pero ellos mismos no pudieron hacer esa poesía moderna, de vanguardia, no tuvieron la capacidad creativa.
Quizá también porque hay otro factor: en esos años ya surge el aprismo y Delmar es uno de sus militantes.
Así es, entre el 26, 27 se mete al Apra, lo destierran, se va a México. Pero antes de irse fue el primer predicador del cosmopolitismo, el que renegó contra la provincia, contra la idea de patria. Ahí está en Timonel: “Patria es toda la humanidad”, dice, incluso publica las diez normas del ultraísmo: hacer poesía sin historia, sin referencias, pura imagen. Llega a México en plena revolución y se impacta con el regionalismo, con los grandes novelistas indigenistas de la época. Cuando regresa el 30 se vuelve otra vez regionalista, se olvida de todo su cosmopolitismo. Pero ya no tendría oportunidad de manifestarlo porque estuvo preso diez años en los que escribió algunos relatos. Su poesía se volvió social, dejó a un lado las imágenes.
Tus investigaciones han calado: ahora veo una suerte de fiebre vanguardista: Pantigoso, Jazmín López, después Mirko Lauer quien testimonia un reconocimiento por tu colaboración.
Jazmín vino acá a pedirme las revistas, las fotocopió, me pidió alguna otra información, se fue a Brasil a estudiar literatura vanguardista con Schwartz, un gran especialista, y terminó su masterado. Después se fue a Alemania y publicó este libro sobre las revistas de vanguardia. Yo saqué una nota en Hueso Húmero y dijeron que mis afirmaciones no tenían fundamento. Después Lauer me pidió otras fotocopias, le di nombres, referencias, le dije que en realidad Huancayo podría ser la fuente de la vanguardia literaria del Perú porque quienes lo predicaron y lo convirtieron en una campaña fueron los Bolaños.
Lo interesante de los libros de Lauer, aparte de publicar libros ya desconocidos, es el prólogo sobre una tendencia a la que no le tenía mucho aprecio. Creo que pone las cosas en su justo medio. La mayoría de los autores son además provincianos y se vuelven apristas o de izquierda. Yo diría que estamos frente a una generación que sacrifica la literatura por la política, por el cambio social, con los riesgos que eso implicó en el Perú.
En realidad no duró más de tres años...
Lauer habla de más...
Bueno, algunos continuaron, Oquendo publica el 27. Pero así de actividad intensa, fueron tres años, hasta Amauta, que es del 28. Después vienen los poetas como los Varallanos, uno de los cuales, Adalberto, muere muy joven, a los 23 años. Era otra gran promesa que había sacado una revista con Jorge Basadre, Fiesta, creo (se llamó “Jarana”, N.E.). Efectivamente los otros se metieron rápidamente a la política o murieron muy jóvenes. O se fueron como Vallejo. Después va a renacer el vanguardismo en los 30 con Adán, Moro. A Moro nadie le daba importancia en los 50, pese a que vivía en Lima hasta que llegó Coyné y lo descubrió. En la antología que hacen Eielson, Sologuren y Salazar Bondy, el 48, no ponen a Moro, tampoco en la de Romualdo y Salazar Bondy. Como Moro, muchos eran desconocidos, salvo Oquendo de Amat, al que había que leer copiando sus poemas de la biblioteca, pero de él mismo se ignoraba hasta dónde había muerto.
Casi 60 años después de su muerte José Luis Ayala completó la investigación preliminar que hiciera Porfirio Meneses.
Sí, ha recogido bastante información de los padres, de la familia, es muy completo.
¿Qué te suscita esta realidad trágica de escritores que por un lado renuncian a lo que era su legitimación social, la literatura, y por otro se dedican a la política hasta el sacrificio personal?
En el Perú la revolución literaria, la modernidad, de principios de siglo, que llega en los 20, coincidió con la efervescencia política, la formación de los partidos, las nuevas ideas políticas. Todos los intelectuales se sienten involucrados, hasta Martín Adán sentía una pequeña atracción, y colaboraban con Mariátegui, cosa que no se dio en Europa ... bueno también en los años 20 hubo efervescencia.
Allí está el expresionismo alemán: los poetas terminaron en los campos de concentración por judíos o comunistas, ¿no?
Otros continuaron como Brecht, Eluard, Aragón, siempre comprometidos, pero no se metieron a fondo. Acá la represión fue más drástica, metieron a la cárcel hasta a Basadre. Muchos emigraron, tuvieron que abandonar hasta su labor literaria.
VIII. DE LOS AÑOS OSCUROS A LOS 70
Esto es lo que me interesa. Justamente cuando la caída de Leguía entramos en una era oscurantista que dura 25 años, un cuarto de siglo, hasta el 56. ¿Cómo influyó eso en tu generación?
Desconocíamos toda la literatura inmediatamente anterior, no había nada, pero se recordaba a López Albújar, (Martín) Adán. Se ignoraba todo salvo a Alegría y Arguedas. Había un poco el temor de la represión, las prohibiciones que se habían dado en los 30. Habíamos escuchado directamente de Arguedas, a quien metieron a la cárcel, al mismo (Adolfo) Westphalen. Quedaba todavía esa idea de que la literatura era peligrosa. En los 50 volvió el vigor. Como digo después de una época oscurantista, represiva, resurgen las ideas. En los 50, igualito que en los 20, comienzan a entrar ideas, a abrirse el horizonte: exposiciones de arte, nuevas galerías, otro florecimiento. La del 30 fue muy oscura...
La más oscura del siglo XX...
Más oscura ha sido la del 90 y antes hubo otras similares. Afectaba mucho porque recibíamos libros con mucho temor, Moreno Jimeno recibía libros de México, Francia, muy discretamente. Gustavo Valcárcel había publicado una novela en México y la leíamos con temor. Así fue hasta el 56, cuando regresan Rose, Valcárcel, Scorza. Romualdo llega a los extremos con Edición Extraordinaria, en el 58.
Sobre el 70, ¿consideras que acá en Huancayo los escritores cumplieron un papel parecido al de los Bolaños? Muy pronto se sacuden del indigenismo con una literatura de corte urbano, por ejemplo en Cerro de Pasco, cuya literatura era de denuncia o vinculada al sector de los campesinos que van al servicio de las minas. Ahora siento una literatura urbana que podría ocurrir en cualquier parte del país o del mundo, ya no tiene el sello innecesario de ser de Cerro de Pasco.
Cuando regresé a Huancayo me interesé por ver antecedentes: qué había pasado en los 50-60. Era pobrísimo. El 50 también fue árido. Había un Instituto de Cultura, dirigido por Benjamín Gutiérrez, que sacó dos o tres antologías de poesía: era muy provinciana, tradicional, patriotera. Para sus autores no había habido cambios.
Hasta Algemiro Pérez Contreras, un poeta de los 60.
El llega de La Cantuta, traía una poesía moderna, porque era alumno de Sologuren, Delgado, tenía otro lenguaje. Aquí hizo exposiciones de libros y estaba renovando el ambiente pero al poco tiempo muere en un accidente. Justo el año 70 se organiza un encuentro en Jauja promovido por La Cantuta que tenía una facultad de Educación en Muquiyauyo, y vienen casi todos los jóvenes. Eso removió el ambiente, se formaron los grupos Sierra Intensa, Xauxal. Cuando yo llegué de Huamanga ya había movimiento. Me llamaba la atención la presencia de César Gamarra, Sergio Castillo, Ángel Garrido de Cerro de Pasco, Nicolás Matayoshi, Carolina Ocampo, cuya poesía había cambiado de lenguaje.
Fue un congreso muy sonado, con actos violentos incluidos.
Sí, Rosina Valcárcel le pegó a Winston Orrillo, Omar Aramayo traía su movimiento de poesía mágica, estaba la poesía social por otro lado. Me dicen que fue muy movido, marcó mucho en la región, porque además fue numerosa con recitales, debates y eso promovió bastante. Pero algunos de los que fueron entonces murieron o se apartaron. Comparada con la poesía del 70, las tres antologías de los 60 parecían del siglo XIX. Los del 70 abrieron otra vez el horizonte, su poesía ya es moderna, está al día con todas las corrientes.
IX. EL MAPA LITERARIO DE LOS REGIONALISMOS
Esto da pretexto para hablar de otros de tus aportes, tus investigaciones de la literatura regional.
Comencé estudiando la literatura de Junín que ha tenido épocas cosmopolitas e indigenistas. Los años 40 fueron regionalistas, primero fue el indigenismo, después llega Varallanos y él comenzó a promover la poesía mestiza, porque era medio apristón. Poesía mestiza como Antenor Samaniego, Guillermo Mercado, Nicanor de la Fuente, Luis Nieto, eso dominó todo el 40. Luego, un poco por azar me interesé por lo que se hacía en cada provincia. La primera donde encontré un foco literario muy activo fue Huánuco que tiene tres buenos narradores: Samuel Cardich, Mario Malpartida y Andrés Cloud. Es una literatura moderna, nada tradicional y Cardich es además un buen poeta. Me llamó la atención que nadie se ocupara de ellos. Los leí y escribí sobre su obra. Luego me interesó Piura y escribí una nota, les llamó la atención que alguien los mencionara. Hay quince narradores en plena producción. Aunque no son tan modernos como en Huánuco y sean un poco criollos, costumbristas, con diálogos chispeantes, hay dos o tres bastante modernos. Luego pasé a Puno, a Ayacucho, Cusco. Comencé a publicar sobre ese tema y me llamaron a dar conferencias. Tengo interés ahora por Iquitos, conozco a una buena poeta, Ana Varela, poco a poco se va ampliando. Pero aún no conozco Ica, Trujillo.
Qué impresiones tienes de esa obra que los limeños nunca mencionan.
Huánuco es la más moderna, es muy urbana, entra mucho el humor, antes era muy dramática. La de Piura sigue con el antiguo lenguaje, Puno es la más tradicional, con temas indigenistas. Todavía hay claras diferencias. Algunos son muy regionalistas en extremo. Los de Huánuco son más abiertos, Cusco también. Nieto no acepta nada de provincianismos.
Otro cusqueño, Mario Guevara, da una visión más actual con un personaje reactualizado, el brichero, que sería un pícaro de marca nacional de los años 90.
Lo notable de los cusqueños es que fueron regionalistas muy cerrados, con una suerte de paralización total, hasta los 70, cuando llegan Nieto, Rosas Parravicini y Guevara. Este canaliza otra literatura, ya no está con la cosa provinciana, tiene otra visión, con un tono humorista, extraño para la literatura escrita, porque en la popular siempre ha habido humor, ironía. Ese es un cambio bastante notable hasta ahora. Y presenta personajes de campesinos migrados, acriollados, que en vez de ser obedientes, sumisos, como ocurría antes, se vuelven mañosos, vivos y explotan a los turistas, les sacan provecho. Un poco antes que en Cusco y en otra provincia, la modernización se dio en Ayacucho.
Se debió al aporte de ustedes.
Ahí se inician Marcial Molina, Hildebrando Pérez Huarancca y dos o tres poetas más. Pérez tenía mucho de Rulfo, monólogos a lo Joyce, siempre con temas del campo pero no con campesinos sino con escolares de aldea. Lo usaba en forma justa, no por adorno. Su primer libro creo que se publicó por el 70. Después Molina va a incorporar, él mismo lo reconoce, todas las lecciones de los recitales de Bertolt Brecht, la presencia del chileno Nicanor Parra -elementos irónicos, la burla, el juego-, y especialmente el aporte de los carnavales
Eso también hacía Nicanor Parra con la cueca.
Así es, entonces ya es una literatura moderna. No estoy hablando de los provincianos que radican en Lima o el extranjero porque su situación es diferente. Hablo de los estrictamente provincianos. La modernidad comenzó en Ayacucho ya en los 70, aunque no se plasmaran en libros que recién salen en los 80. Muchos de ellos después se van a dispersar. Como digo, cada uno con sus características: algunos un poco retrasados. En todas estas provincias el factor decisivo ha sido la universidad. Creo que si la universidad no se hubiera creado en Ayacucho en el 59 no hubiera ocurrido algo similar; lo mismo ha ocurrido en Puno, Huánuco y hasta en Huancavelica.
X. LA OBSTINACIÓN DEL PAÍS INTERIOR
Es curioso, algunos miembros de tu generación, que es la del 50, decidieron irse a provincias: Efraín Miranda a Puno, Morote Best a Huamanga, Ruiz Rosas a Arequipa, Andrés Zevallos a Cajamarca, Livio Gómez a Tacna. De algún modo sintieron la necesidad de reconocerse con el país interior. ¿Te has sentido marginado porque regresaste a provincia?
No, porque todos los amigos que yo había tenido en Lima siempre siguieron en contacto conmigo, nos visitábamos, me reclamaban, se molestaban si iba a Lima y no los veía, nunca me desvinculé. Tengo personas que me informan de todo, de Huánuco, de Cusco, nunca llegué romper con Lima, además viajaba constantemente. No me volví regionalista como ocurrió con Sefarín Delmar que se hizo a ultranza, después de haber sido el mayor cosmopolita, mucho más que Vargas Llosa.
¿Te sientes recompensado por tus actividades como promotor cultural, como académico, crees que tu trabajo fructificó?
Yo mismo me he hecho la misma pregunta en los últimos tiempos: en realidad me siento feliz porque hice muchas cosas que nunca me había imaginado, algunas cosas las soñé desde época escolar, como ser profesor de la universidad. Una vez un compañero me dijo no existe esa carrera, le rectifiqué “quiero ser catedrático”. Bueno, lo fui, aquí no había idea que hubieran especialistas en Literatura o Historia. Cumplí ese sueño. Después el de leer mucho, en Lima logré ese sueño, conversar mucho, intercambiar ideas, a veces llevar primicias a las reuniones y finalmente sin querer realicé una labor de promoción que en Ayacucho fue decisiva, fue la única universidad que hizo tanta labor. Después venir acá a estudiar literatura de provincia y descubrir que hay buenos autores pero que nadie reconoce.
¿Valió la pena vivir como has vivido?
Me siento compensado, no siento haber perdido el tiempo, pude haberme dedicado a otra cosa, pude tener más comodidades, pero me enriquecí espiritualmente, intelectualmente. Lo único que no me gustó mucho fueron los cargos, contra mi voluntad me eligieron decano, vicerector. Lo digo con toda sinceridad: nunca quise un cargo, quita tiempo, uno se embrutece en esos cargos.
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Tomado de la revista Mundo Cachina / Cuaderno subterráneo de literatura. Año II N° 3 Chimbote, octubre, 2006. Dir. Augusto Rubio Acosta.